Entre los años 1854 y 1933, el actual Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia tuvo su sede en el ala norte del patio de la Procuraduría, dentro de lo que se conoce como Manzana de las Luces. Entre los tesoros paleontológicos que se albergaban en sus salas de aquel entonces, destacaba el esqueleto casi completo de una impresionante bestia del pasado: el “Smilodon Muñiz”.
Este coloso prehistórico, de más de dos metros y medio de largo y que podía llegar a pesar 400 kg, se lo conoce hoy en día como “tigre dientes de sable” (los tigres siberianos, los félidos más grandes en la actualidad, pesan unos 300 kg) y era uno de los depredadores más temibles que habitaron el continente americano gracias a sus enormes colmillos.
Este notable ejemplar fue encontrado en Luján en 1844 por Francisco Javier Muñiz (1795-1871). Su descubrimiento fue uno de los primeros grandes hitos fundacionales de la paleontología argentina.
Muñiz fue médico, naturalista y militar. Es considerado uno de los primeros paleontólogos argentinos por sus investigaciones sobre mamíferos fósiles pampeanos. A lo largo de las décadas, reunió una importante colección de fósiles (¡mastodontes, gliptodontes, megaterios, caballos!) que luego fue donada al museo.
Desde su creación, las personas que estuvieron a cargo de dirigir la institución fueron boticarios. Por eso, en 1862, bajo la presidencia de Bartolomé Mitre, Karl Hermann Burmeister asumió como el primer director científico, cargo que ocupó hasta su muerte en 1892. Encabezó una gestión eficaz e impuso orden en las colecciones, enriqueciendo a la institución con nuevos hallazgos paleontológicos, como el del “Smilodon Muñiz”, al cual dedicó grandes esfuerzos para su estudio minucioso y conservación.













